Pasiones distorsionadas de Diego Martínez

Anónimos

We are the Messiah II_05, Rojolicht  http://rojolicht.wix.com/rojolicht

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All of us, all of us, all of us

trying to save

our inmortal souls, some ways

seemingly more round-about and mysterious

than others.

RAYMOND CARVER

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CONSEGUÍ EL NÚMERO DE CELULAR DE RAMIRO a través de una de sus tías, que también era amiga de mi madre. Hablamos por teléfono unos quince minutos y luego quedamos en que pasaría al día siguiente por su casa. Es decir, por la casa de su abuela. Y así lo hice.

Cuando llegué el portón estaba cerrado. Probé llamándolo al número de celular, pero nadie contestó. Entonces me puse a llamarlo a gritos, como había hecho tantas veces en el pasado, y un cuarto de hora después Ramiro apareció en la puerta, mojado, con una toalla en la cintura y un cepillo de dientes en una mano.

Nos abrazamos.

Nos dijimos cosas tipo, marico, qué bolas. Marico, tanto tiempo. Marico, cómo has estado.

Ramiro me señaló la puerta y entramos. La verdad, me quedé de una pieza. Aquello que alguna vez había sido la casa de su abuela ya no existía. Habían tapado con bloques las puertas de vidrio corredizas que daban al jardín, y en el jardín habían hecho construir cubículos de oficinas para alquiler. Las únicas ventanas que dejaban entrar luz en aquella casa estaban en la cocina, pero la cocina también era un asco. Había pipotes llenos de agua aquí y allá, y manchas de óxido en los gabinetes y en las cerámicas. Y había mugre, mugre por todas partes, y cucarachas muertas, y mierda de rata.

Ramiro fue a vestirse y me pidió que lo esperara en la sala. Las viejas lámparas turcas de la abuela. Las serigrafías en el piso y llenas de polvo. Los muebles arrumados en una esquina. La mierda de rata. En el pasillo, una vieja mecedora y una mesita torcida, como a punto de venirse abajo, y sobre la mesita algunas revistas de cosmética y una taza de café. Me senté en la mecedora y encendí un cigarrillo mientras lo esperaba. Desde allí podía ver a Ramiro de espaldas, frente al espejo del baño. Y también podía ver la puerta entreabierta de la habitación de su abuela. Donde ahora duerme Ramiro, pensé. Y luego vi que, tras la puerta, habían instalado una segunda puerta, que en verdad no era una puerta sino una malla metálica enmarcada en aluminio cromado. Para los mosquitos, pensé. Y luego pensé, no, para los mosquitos no, para las ratas, y apagué en el suelo el cigarrillo. 

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Yo acababa de llegar al país. Había venido a pasar un tiempo en casa de mis padres. Tres meses para ser exactos. Tres meses para descansar y para recuperarme después de un último año más bien espantoso.

A grandes rasgos, mi experiencia en Uruguay había sido positiva, pero en los últimos años las cosas comenzaron a complicarse. Las razones fueron muchas, aunque preferiría ahorrarme los detalles. Lo cierto es que al final terminé perdiendo el trabajo, un laburo del que dependía completamente, y a mí no se me ocurrió otra cosa que deprimirme. Me encerré durante meses en mi departamento y me deprimí. Me hice mierda. No tanto por el despido. Es decir, el despido me afectó muchísimo, es cierto. Pero cuando miraba hacia atrás, cuando pensaba en la vida que había llevado desde mi llegada al Uruguay, todo me parecía un asco. Mi vida en general era una asco. Mi salud. Mi vida afectiva. Mi vida sexual —mi vida sexual era de verdad un asco. Entonces fueron mis padres quienes me sacaron de ese atolladero. Me llamaron por teléfono una noche y después de hablar algunos minutos con mi madre, mi padre comenzó a gritar desde la cocina que me dejara de mariqueras y que me viniera a pasar un tiempo en casa. Dos meses. Tres meses. Que ellos me pagaban el pasaje. Que no me preocupara. Que el país se estaba hundiendo pero que eso no importaba. Que luego yo podría quedarme en casa, con ellos, o volver al Uruguay. Que ya mismo me buscaban un pasaje. Que me lo enviarían al día siguiente por correo. Que tratara de dormir que ya era tarde. Y luego besos. Muchos besos de mi madre.

Dos semanas después tomaba un avión rumbo a Venezuela. En casa me recibieron como si viniera de la guerra. Me alimentaron. Me instalaron en mi antigua habitación junto con mi antiguo y maravilloso colchón ortopédico. Fijamos en tres meses el tiempo de mi estadía y arreglamos con la agencia de viajes la fecha de regreso.

Al principio, claro está, las cosas no fueron fáciles. Todos sabemos lo duro que puede ser volver a casa de papá y mamá, sobre todo en esas condiciones. Sin embargo, conforme fueron pasando los días yo comencé a sentirme más o menos bien. No sólo recobré el apetito, sino que organicé una rutina diaria que incluía al menos dos horas de ejercicio y otras tres o cuatro horas de postulaciones en las bolsas de trabajo más importantes del Uruguay. Es decir, que me sentía más o menos bien, pero no tenía ganas de ver a nadie. Salvo por mis padres y por algunos familiares que se acercaron a casa apenas se enteraron de que había vuelto, la verdad es que no tenía ganas de ver a nadie.

Había, sin embargo, alguien a quien tenía que ir a ver. Un viejo amigo del liceo que también estaba pasando por un momento difícil. Pero las semanas fueron pasando, y luego los meses, y yo no me animaba a escribirle. Así hasta que un día recibí un correo de la tía de Ramiro. En el correo la señora se disculpaba, primero, y luego me pedía, me suplicaba que fuera a ver a su sobrino, porque Ramiro estaba muy mal. Así me dijo: Ramiro está muy mal. La carta se terminaba con los saludos de rigor, saludos a mi madre y esas cosas, y más abajo dos números de teléfono: el de ella y el de Ramiro.

Yo sabía por mi madre algunas cosas. Sabía que después del divorcio de sus padres Ramiro se había mudado definitivamente a la casa de su abuela. Su madre se había largado a los Estados Unidos con un novio puertorriqueño, y su padre se había comprado una casa cerca de Cumaná, en un balneario despoblado y de difícil acceso. Según parece, al principio Ramiro había pensado en irse con su madre y con el novio a los Estados Unidos, pero entre todos decidieron que lo mejor sería que Ramiro terminara antes la universidad, y luego, bueno, luego se vería. El problema, claro, es que Ramiro nunca terminó la universidad. Y lo peor de todo: a la abuela de Ramiro le diagnosticaron alzheimer y la instalaron en un centro de cuidados para personas de la tercera edad. Y mientras todos en la familia esperaban el desenlace inevitablemente fatal, decidieron dividir la casa en varias habitaciones para alquiler, y construyeron otras tantas en el viejo jardín de la abuela, y le dejaron a Ramiro la cocina, una parte de la sala, un baño y dos habitaciones: una para Ramiro y otra para los muebles y los trastos de la señora. Es decir. Yo sabía que Ramiro estaba mal, que estaba incluso peor que yo, pero nunca imaginé que las cosas hubiesen llegado a tanto. Hacía dos años que había abandonado definitivamente la facultad, y tampoco tenía trabajo. Vivía de una renta ridícula que le pasaba la familia para que “cuidara la casa”. Y no salía casi nunca. O sólo salía para comprar comida. Lo que me recordaba. En fin. Esas cosas.

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Esa tarde salimos a caminar por Chacaíto. Al principio fui yo quien se largó a contar todo tipo de anécdotas. Le conté de mis años en Uruguay. Le hablé de las cosas buenas y de las cosas malas. Pero luego intenté que fuera él quien me contara de su vida, de sus cosas, aunque era evidente que Ramiro no tenía muchas ganas de hablar. Sin embargo, en el camino de regreso comenzó a soltarse un poco. Hablamos de su abuela. Hablamos brevemente de sus años en la universidad y de su situación actual. Le pregunté si estaba tomando medicamentos, medicamentos para la depresión, le dije, y me miró con cara de loco. Entonces cambiamos de tema y nos pusimos a hablar de la gente que conocíamos, de fulanito de tal y de menganita de tal, y luego hablamos de las ratas. Las ratas, me dijo, trepaban por el techo de la pollera que estaba al lado de su casa y se metían por las ventanas de la cocina. Las ratas son mamíferos muy inteligentes, me dijo. Las ratas generalmente envían a un scout a explorar el territorio, y si el scout vuelve con vida y suministra información suficiente, entonces las ratas se dedican a saquear.

Cuando se hizo de noche llamé por teléfono a mi padre desde mi celular y le dije que pasaría la noche en casa de Ramiro. La verdad, me sentía un poco culpable. Entre ambos sacamos una colchoneta de la habitación de los trastos y la instalamos al lado de su cama. Nos quedamos hablando un rato más y luego apagamos las luces y nos acostamos a dormir. Pero yo no pude dormir. No dormí casi nada. Pasé toda esa noche escuchando ratas, y preguntándome si se trataba de una rata scout o si ya, desde el cuartel general de las ratas, habían dado la orden para venir a saquear.

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Al día siguiente me levanté temprano. Tomé las llaves que estaban sobre la mesita con revistas y salí a comprar algunas cosas para comer. Cuando regresé, Ramiro todavía estaba en la cama, durmiendo. Dos horas después, o tres, decidí despertarlo. Le acerqué la bolsa con pasteles de queso y le pedí que me acompañara a comprar algunos detallitos que pensaba llevarme a Montevideo.

Estuvimos toda esa tarde dando vueltas por el centro. Lo típico. Que si una botella de ron. Que si chocolates. Que si figuritas de arcilla. Que si una  banderita de Venezuela.  Antes de volver, paramos en una licorería y compramos algunas cervezas y otras tonterías para picar. Yo estaba algo cansado, después de una noche más bien espantosa, pero también estaba contento. Estaba contento de verlo así, a Ramiro, riéndose de mis disparates, como cuando éramos chamos.

Al llegar nos instalamos en su habitación y nos pusimos a tomar y a hablar de cualquier cosa. Cuando se acabaron las cervezas yo ya estaba un poco borracho y lo convencí para que saliéramos a comprar más bebida. Cerveza, le dije. Más cerveza. Ramiro me acompañó hasta la licorería, pero en el camino me advirtió que tenía muchos años sin tomar.

—¿Cuántos años?

—Muchos años —me dijo.

Y era cierto. Con la tercera lata Ramiro se emborrachó. Entonces nos pusimos a recordar viejas historias. Historias graciosas. Hablamos, por ejemplo, del día en que Ramiro me dijo por primera vez que era gay – que él pensaba que era gay, me había dicho.

—Pero también te gustan las mujeres, ¿no es cierto? —recuerdo que le pregunté aquella vez.

—Sí.

—Entonces no eres marico, sino bisexual.

—Eso —me dijo.

Teníamos dieciséis o diecisiete añitos. Éramos apenas unos chiquitos. Sin embargo, uno o dos meses después, Ramiro me presentaba a su primer novio. Un chico bajito y flaquito. Un enclenque. Pero Ramiro estaba súper motivado, y además me había asegurado que su novio tenía la pija más grande del país. Así me dijo. Me dijo:

—¿Quieres verle la pija a mi novio? ¡Es un fenómeno!

El chico se reía y yo me ponía de todos los colores. Y aunque me costaba creer que un enclenque así pudiera tener la pija más grande del país, la verdad es que tampoco tenía ganas de verle la pija a nadie.

—Bueno, tú te lo pierdes —me dijo.

Y ambos se levantaron y se metieron en el cuarto de mi amigo.

Y se pusieron supuestamente a follar.

Y me dejaron en el living, solo.

Lo cierto es que a partir de ese momento yo comencé a acompañar cada vez más seguido a mi amigo a bares de ambiente. Recuerdo que una noche, después de estar en uno de esos bares, nos fuimos con su novio y con una amiga de su novio a un hotel, y mientras yo trataba de convencer a la chica para que folláramos pude ver, de verdad, pude ver la cosa monstruosa que tenía ese chico entre las piernas, y cómo con esa cosa el tipo se cogía a mi amigo. También recuerdo otra noche en la que fuimos a otro bar de ambiente y un sujeto de al menos dos metros se metió en el baño mientras yo estaba meando y quiso darme un beso. Recuerdo que me asusté, primero, y que luego me cerré la bragueta y le expliqué muy tranquilamente que yo no era gay, pero que mi amigo sí, y que nada de eso importaba porque yo no era homofóbico. Supongo que uno da ese tipo de explicaciones cuando tiene diecisiete añitos. Como cuando nos cruzamos con el marinero, le dije. ¿Te acuerdas de aquella vez que nos cruzamos con el marinero? —Ramiro se reía. Estábamos de salida de uno de esos bares y a Ramiro le dieron ganas de vomitar, y entre todos tuvimos que acompañarlo hasta una esquina. Y mientras su novio le daba palmaditas en la espalda, un marinero, un sujeto de unos cuarenta años vestido con un uniforme de la marina, que había estado bailando solo en la pista del local durante toda la noche, se acercó a donde estábamos nosotros y nos preguntó que si todo estaba bien, y luego se ofreció a acompañarnos hasta un taxi. Y mientras caminábamos el marinero se puso a chancear un poco conmigo y yo tuve que explicarle que no era gay, pero que tampoco era homofóbico, y el marinero me dijo que él tampoco era gay, y que tampoco era homofóbico, y que sólo estaba en ese bar haciendo labores de inteligencia, así me dijo. Y luego no dijo nada más y se perdió calle abajo, en lo oscuro —Ramiro se reía.

—¿Y las mujeres, hermanito? — me preguntó de pronto.

—Las mujeres todo mal, querido —le dije.

—Mi vida sexual es un asco —le dije.

Entonces le conté una cosa más bien graciosa que me había pasado en un viaje que había hecho a Buenos Aires. Le conté que una noche había salido a fiestear a un boliche gay, y que en el boliche había conocido a una chica, y que de salida nos habíamos ido a su casa. A la casa de ella. Nos habíamos ido ella, yo, y dos de sus amigos trabas.

—¿Amigos trabas? — me preguntó.

—Un traba es un travesti —le dije—, y por extensión también un transexual. Así les dicen en Uruguay y en Argentina. Y bueno, yo que me voy con la chica y con sus amigos trabosaurios, porque los dos trabas eran más grandes que yo, y nos encerramos todos en su apartamento a beber y a consumir cocaína. Y nada, yo que me pongo a darme los besos con la chica, y luego trato de convencerla para que nos metamos en su habitación, pero la chica no quería. La chica acababa de terminar con su novio y no quería. Y yo bueno, ya está, besémonos y metámosle a la merca, pues. Y nos besamos. Y le metimos a la merca. Y más nunca la volví a ver. Y un año después, o dos, no sé por qué, me puse a buscarla por el Facebook, y dio la casualidad que la conseguí. Y no sólo la conseguí, sino que además encontré algunos videos en youtube en los que la chica contaba lo difícil que era ser traba, e incluso había participado en una obra de teatro que hablaba del mismo tema. Lo que quiere decir que estuve toda esa noche besándome con un hombre, pues. Está bien. Lo confieso  —Ramiro se reía. Pero quiero dejar claro que ese traba era una chica. Que hablaba, se movía, se veía como una chica.

—¿Y la discoteca?— me preguntó.

—¿Qué pasa con la discoteca?

—Digo, que por qué fuiste a esa discoteca.

—Pues porque necesitaba follar y en los boliches gays siempre hay una heterosexual desesperada —Ramiro se reía—. Cuando estás desesperado por follar, o te metes en un boliche gay, o te metes en un boliche de veteranas.

—¿Y volviste a ir a ese boliche?

—Sí —le dije—, y otra vez me di los besos con una chica.

Entonces Ramiro se echó a reír como un condenado. Se agarró la panza y empezó a dar vueltas en la cama. Yo también me reía. Era muy gracioso.

—¿Pero estás seguro de que era una chica? —me preguntó.

Y yo:

—Claro, marico, claro. Tenía cuerpo de mujer, rostro de mujer.

—¿Y las manos?

—De mujer.

—¿Estás seguro?

—Que sí, coño, que sí.

—Pero del uno al diez, ¿cuán seguro estás de que era una chica?

Yo me quedé pensando.

—Nueve —le dije.

(Risas)

El chiste es que no importa cuán seguro estés de que te acabas de besar con una chica, los trabas en Buenos Aires han llegado a un nivel de perfección tal que a veces uno se asusta.  Esa es la verdad. Y en esa discoteca, bueno. Esa discoteca es una cosa de locos.

—¿Y tú? —le pregunté.

Ramiro destapó una cuarta lata de cerveza y me contó que tenía ocho años sin follar.

—¿Ocho años?

—Sí, marico. Ocho años.

—Ocho años es demasiado, marico.

—Sí, lo sé —me dijo, y se empinó la cerveza.

Me contó que últimamente sólo pensaba en mujeres. Que ya no pensaba en hombres. Y luego me habló de una alumna que había tenido hacía algunos años, en la época en que dejó la universidad y se puso a dar clases en un colegio.

—¿Una alumna?

—Sí.

—¿Pero cuántos años tenía?

—Quince —me contestó.

Y yo:

—Coño, marico. Cuidado te metes en un peo.

Y Ramiro, sí, lo sé. Que su madre le había dicho lo mismo por teléfono cuando se lo contó. Le dijo: mosca con una vaina, Ramiro. Mira que te puedes meter en un problema. Y luego le contó, así, como si nada, que cuando ella era joven, no era raro que las estudiantes de secundaria acabaran casadas con los profesores. Es decir, que primero lo previno, y luego le dio permiso.

A mí todo aquello, la verdad, me asustó un poco. Bueno, la verdad es que me asustó bastante, pero no le dije nada. Encendí un cigarrillo y apagué las luces. Me quedé un rato así, fumando y mirando al techo en medio de la oscuridad de la pieza, mientras Ramiro me contaba su historia con la chica de quince años con la que sólo coqueteó, con la que nunca tuvo nada, y luego soltó aquello de las pasiones distorsionadas. Pasiones distorsionadas es  muy gracioso, le dije, y mi amigo estuvo de acuerdo. Pero luego pasó algo muy raro. Ramiro, que hasta entonces había sido poco más que reservado, entró en un estado de súper lucidez y habló sin parar durante tres o cuatro horas. Me habló de su vida y de sus problemas. Me dijo que él nunca había negado su bisexualidad. Me dijo que él nunca había pensado que aquello pudiera ser un error o una desviación, y que en general no sentía ninguna culpa por haber estado con las personas con las que estuvo, y por haber hecho las cosas que hizo, pero que creía que, de no haber sido tan torpe con las chicas, de no haber pasado por tantos rechazos y decepciones, a él quizá le habría tomado toda una vida darse cuenta. Darse cuenta de eso. Explorar, digamos, su sexualidad. Esa parte de su sexualidad. Como una parte importante de los hombres de este mundo, me dijo, que viven toda su vida en medio de emociones difusas, en medio de deseos difusos. Me habló de su padre. Me habló de su madre. Me habló de la soledad en esa casa espantosa. Y del amor. Me habló del amor. Me habló durante dos horas del amor. De todos sus deseos, de todas sus necesidades truncadas, y de cómo él siempre había buscado llenar todo ese vacío con otras cosas. Con una chica de quince años, me dijo. Pero nunca tuvimos nada, me juró, y luego me contó de una chica de la que se había enamorado perdidamente cuando todavía era un chiquito, y que nunca le dio bola. Me contó cómo una vez la volvió a ver, muchos años después, caminado por la calle, y de cómo la siguió hasta una farmacia. Hasta que la chica se asustó y se metió en una farmacia. Me dijo que no importaba que la chica pensara que él estaba loco. Me dijo que eso no importaba, que eso de verdad no importaba. Me dijo que él nunca quiso hacerle daño. Que él sólo quería que la chica supiera, de verdad, que supiera lo importante que había sido ella en su vida. Que todos estábamos tan irremediablemente cerca de cometer una atrocidad, me dijo. Por amor. Por la ausencia de ese amor. Que eso él lo sabía muy bien. Que ponía mucha atención. Que se cuidaba de no hacer estupideces. Que no era ningún loco.

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Esa noche no escuché ninguna rata, pero tuve pesadillas. Al día siguiente desayunamos en una panadería cerca de su casa y luego Ramiro me acompañó hasta la parada.

Nos despedimos.

Le prometí que lo llamaría antes de volver al Uruguay, y luego me monté en el autobús.

La verdad, me sentía devastado. La cabeza me zumbaba y tenía náuseas. Pero sobre todo, me dolía muchísimo ver a mi amigo viviendo en esas condiciones. En el camino, me quedé pensando en todo lo que habíamos hablado, y me sentí aun peor. Supuse que eso que mi amigo llamaba pasiones distorsionadas aparecía consignado en algún manual de criminología, como parte del perfil de un psicópata tipo. Y aunque la frase seguía pareciéndome más bien graciosa, me aterró darme cuenta hasta qué punto yo también estaba lleno, rebosante de pasiones distorsionadas. De cómo había pasado los últimos años de mi vida sustituyendo ese supuesto amor del que tanto había hablado Ramiro con la comida, con el trabajo, con el alcohol y con las drogas. Y si bien mis frustraciones nunca me habían llevado a cometer una atrocidad, sí que recordaba tres o cuatro borracheras en las que hice cosas muy locas. Recordé, por ejemplo, todo lo que había pasado la segunda vez que fui a ese boliche gay en Buenos Aires y que yo, en un arranque de pudor, no le había querido contar a mi amigo. Me vi a mí mismo dando vueltas por la pista de aquel antro, como un idiota. Estaba borracho. Muy borracho. Y también estaba jodidamente triste. Las pocas mujeres heterosexuales se habían largado de la discoteca y me habían dejado solo, y yo tenía media pastilla de viagra en el bolsillo que me había traído del Uruguay, y estaba triste. Entonces vino un traba, el traba más hermoso que he visto en mi vida, y me dio un beso en la boca. Luego ya no recuerdo mucho, de verdad.  Pero sé que en algún momento el traba me invitó a su casa, y yo accedí.  La verdad no sé por qué coño accedí. A mí nunca me han gustado los hombres. Es en serio. Y mucho menos los trabas. Supongo que no quería estar solo. Supongo que quería seguir bebiendo, no lo sé. Pero accedí. Me monté en el coche y nos fuimos a su casa.

La casa de la chica era un penthouse muy hermoso, con una vista de casi 360 grados sobre Palermo. Una belleza de apartamento. Y la chica, o el traba, como prefieran, la chica me trató muy bien. De verdad, me trató muy bien. Me dio whiskey. Un whiskey excelente. Tenía años sin tomar un whiskey tan bueno. Y se rió de mis chistes. Y me hizo mimos. Muchos mimos. Y yo pensé, recuerdo que pensé, que después de todo el traba era una mujer muy hermosa. También por eso me había ido con ella, porque era una mujer muy hermosa. Y luego también pensé, mi vida es una mierda. Estoy tan desesperado por follar con una mina, que voy a terminar follando con un traba. Y luego también pensé, bueno, quizá esto tenía que pasar en algún momento. Quizá tenía que llegar a esta edad para follar, sí, para follar con un hombre. Con un traba. Qué carajo. Y luego también pensé, o más bien me pregunté, ¿pero cuál es el problema? ¿Por qué seguimos dándole tanta importancia al sexo? ¿Por qué nos sigue costando tanto ver al sexo como lo que es? Es decir, sexo. Sólo eso. Sexo. Y ya sea que se trate de follar con una mujer, o con un hombre, o con un traba, sigue siendo sólo eso. Sexo. ¿No es cierto? Me pregunté. ¿No es cierto? Una interacción más o menos inocente entre dos seres vivos. Que quieren amor. Que quieren placer. Que quieren compañía. Bueno, ya sé que el sexo no es tan inocente como todos quisiéramos creer. Pero ese no es el punto. El punto es que, por muy homo amigables que seamos, la mayoría de los hombres heterosexuales que conozco no son capaces siquiera de imaginarse a sí mismos teniendo sexo con otros hombres, porque esa vaina les da cosa. A mí, al menos, esa vaina me da cosa. Entonces uno se dice, o más bien se pregunta, ¿y si puedo imaginarme, si puedo cerrar los ojos e imaginarme que se trata de una mina? No sé. Si puedo evitar a toda costa mirarle la, bueno, ustedes me entienden. Si puedo hacer eso, entonces podré tener sexo con la chica y con cualquier cosa. Cualquiera, pensé. ¿No es cierto?, me pregunté. ¿No es cierto? Bueno, también es cierto que me sentía profundamente agradecido con la chica, y no quería decepcionarla. Le dije gracias, muchas gracias. La chica sacó un baby doll del armario y  se puso a dar brinquitos en la cama. Como una princesita. Como una criaturita del Señor. Me dijo voy al baño, ya vengo. Y yo sí, aquí te espero, y seguí bebiendo. Pero estaba aterrado. Estaba cagado hasta las patas. Me preguntaba qué mierda pasaría. Qué mierda. Así que saqué la media pastilla de viagra que guardaba en el bolsillo y me la tomé vaciando el vaso de whiskey. Y cerré los ojos. Y esperé un momento a que me surtiera efecto. Y me quedé dormido.

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Autor

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Nació en Caracas, Venezuela (1982). Licenciado en Literatura Francesa

en la Université Paris 8, también participó en la primera promoción

de la maestría en Escritura Creativa por la misma universidad.

Es cuentista, traductor y co-editor de la revista Pain au chocolat(Vozed).

Sus trabajos han sido publicados en diversos medios impresos y digitales.

Actualmente vive y escribe en Buenos Aires.

 

 

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4 Pensamientos en “Pasiones distorsionadas de Diego Martínez

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