The french bashing de Diego Martínez

 

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Gorilla 02, Rojolicht  http://rojolicht.wix.com/rojolicht

 

 

 

 

 

 

What?

SHAKESPEARE vía TRISTAN CORBIÈRE

 

 

 

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Un cuentista hispanoamericano en París

 

 

En septiembre del año 2013 fui seleccionado, junto con otros veinticuatro jóvenes escritores franceses[1], para formar parte de lo que fue la primera promoción del Master en Creación Literaria en la Université Paris 8 Vincennes-Saint-Denis. El lanzamiento de la maestría tuvo incluso una pequeña repercusión mediática. Algunos de los profesores involucrados tenían años peleando para poder llevar adelante el proyecto, pero hasta ese momento, según tengo entendido, las cosas no habían sido fáciles. Un año antes, o dos, la verdad no lo recuerdo, otro grupo de docentes había abierto una maestría similar en Le Havre, pero esta era la primera vez que se hacía en la capital francesa.

Resulta curioso que uno de los países más obsesionados con la literatura se demorase tanto en incorporar una maestría de esa naturaleza a la oferta académica nacional[2], aunque preferiría no tener que extenderme en este asunto. De lo que sí quisiera hablar es de mi experiencia en el master y de algunas de las cosas que más me sorprendieron, teniendo en cuenta que yo era, y soy, hispanoamericano. Un joven[3] cuentista hispanoamericano.

Lo primero que me sorprendió fue darme cuenta que, de entre todos los estudiantes que formábamos parte de la maestría, yo era el único que tenía un libro de cuentos como proyecto de tesis. La inmensa mayoría, claro está, trabajaba en la redacción de una novela. A mí, qué quieren que les diga, aquello me sorprendió muchísimo. También me sorprendió ver que algunos de mis camaradas que también escribían textos cortos se negaban a llamarlos nouvelles (cuentos). Aquellos eran simplemente textos cortos, o textos breves, o formas cortas, o poesía en prosa, o fragmentos de una novela, o microficciones (Régis Jauffret). Incluso recuerdo que una vez, hablando con una amiga del master, se me ocurrió decirle que me gustaban mucho sus cuentos. Porque era cierto. Me gustaban mucho sus cuentos. Mi amiga se ofendió conmigo, de verdad, y en adelante me limité a utilizar palabras como texto o récit — que vendría a ser algo así como relato.

Es curioso. Sobre todo viniendo de un país que ha dado cuentistas tan estupendos, ¿no? Y la prueba más rotunda de ese descrédito hacia el género es la confusión que existe, aún hoy en día, en cuanto al término. Al menos eso fue lo que percibí, no sólo entre mis colegas del master sino también hablando de literatura con toda clase de personas. Quiero decir, que más allá de esa extraña relación de sinonimia que existe entre términos como conte (cuento fantástico), fable (fábula), y nouvelle (cuento), una parte nada despreciable de los franceses que conocí dudaban un segundo, un microsegundo antes de catalogar un texto corto.

Ahora bien. También es cierto que los franceses están obsesionados con las terminologías[4]. Sea. Pero más allá de eso, lo que me sorprende es esa falta de sentido de pertenencia que tienen algunos franceses, y sobre todo algunos jóvenes escritores franceses, hacia el género. Lo que no sucede con nosotros los hispanoamericanos, quienes nos hemos apropiado desvergonzadamente del género.

Porque es así. La inmensa mayoría de los hispanoamericanos a los que nos gusta leer sabemos más o menos qué carajo es un cuento, y utilizamos el término de cualquier manera, sin ningún tipo de complejo. Y si los escribimos, no tenemos ningún tipo de reparo en hacernos llamar cuentistas[5]. De hecho, la inmensa mayoría de nosotros empezamos escribiendo cuentos. Primero escribimos un librito de cuentos. Luego escribimos otro. Y así. Hay quienes a partir del segundo o tercer librito se lanzan a escribir una novela. Algunos lo logran. Algunos desaparecen en acción. Se desintegran. Hacen plop. Y luego también están los defensores del género. Los iracundos. Y toda esa movida editorial española tan bonita, con tantas y tantas editoriales dedicadas casi exclusivamente a publicar volúmenes de cuentos. Pero los jóvenes franceses parecen obsesionados solamente con escribir novelas. Sí, señores. Francia. La Francia del siglo de las luces. La Francia de Voltaire y del sentido común — que en francés es le bon sens, es decir, el buen sentido. La Francia de Guy de Maupassant. Esa Francia ya no produce cuentistas. Lo que produce son, sobre todo, novelistas. Chiquitos de veinte, veintidós, veinticinco añitos que se lanzan como locos a redactar una primera novela. Una primera novela espantosa. ¿A quién se le ocurre, por Dios, escribir una novela con veinticinco añitos? ¿Por qué no comenzar escribiendo cuentos, cuentitos, si así lo quieren, y nos ahorramos todos esas primeras novelas espantosas? Podría suceder, entre otras cosas, que los franceses vuelvan a apropiarse del género, un género que también les pertenece por historia, por derecho propio, y que esos escritores que comenzaron escribiendo cuentitos terminen incluso escribiendo cuentitos, como cualquier cuentista hijo de vecino. Como los hay en Latinoamérica, en Canadá o en los Estados Unidos. Y si no quieren ser cuentistas, todo bien, no hay drama. Pero engaveten la primera novela y pónganse a trabajar en la segunda, por Dios. Por Francia. Por la literatura. Por los bosques de pinos. Por lo que más quieran.

 

 

 

 

Una foto para el Facebook

 

 

Otra de las cosas que me sorprendió fue darme cuenta de que mis fotos de Facebook eran espantosas. Sí, lo digo en serio. Y no me refiero solamente a mis álbumes o a mi foto de perfil, sino a todas, absolutamente todas mis fotos de Facebook. Y las de mis contactos. Las fotos de mis contactos podían ser verdaderamente espantosas. ¿Pero cómo era posible que yo hubiera vivido toda mi vida de una manera tan espantosa? Claro que cuando miraba hacia atrás, mi vida no me parecía tan espantosa. Pero mis fotos eran muy cutres, y las de mis amigos sudamericanos también.

Recuerdo, por ejemplo, mi foto de perfil. Recuerdo que hasta ese momento, hasta el día en que me integré a la maestría, yo me sentía muy orgulloso de mi foto de perfil. En la foto estoy sentado con un amigo en un cafecito del Palais Chaillot. El cafecito era muy bonito y daba directamente a los campos de Marte y a la torre Eiffel. La foto la había tomado mi amigo Anatoli, un poeta ruso. Un hombre muy culto. Un políglota. Un políglota de verdad. Anatoli hablaba y leía perfectamente en ocho o nueve lenguas, entre antiguas y modernas. Anatoli leía regularmente la Ilíada en griego antiguo, y siempre cargaba en los bolsillos de su saco un fajito de fichas con epítetos y mariqueras homéricas. Claro que nada de esto aparece en la foto. Aún así, yo estaba muy orgulloso de mi foto y por eso la había colocado como foto de perfil. Pero el master. El master era otra cosa. Las fotos de mis colegas del master eran de verdad muy hermosas, y eso me perturbaba. Recuerdo una serie en particular. Las fotos de la defensa de tesis de uno de los chicos del master en Création Litteraire de la Université du Havre. La verdad es que el chico no parecía un estudiante demasiado talentoso. Ni siquiera parecía un estudiante demasiado aplicado. Pero las fotos. Las fotos eran otra cosa. En las fotos el tipo aparece muy pero muy bien vestido, y de fondo varias torres de libros apilados, como en los sótanos de una imprenta. Como en un hangar abandonado o en los depósitos de la Coca Cola. Una serie de fotos increíbles, de verdad.

En fin.

Lo que quiero decir, lo que en verdad quiero decir, es que para la inmensa mayoría de los franceses la literatura sigue siendo sobre todo un asunto de buen gusto[6]. Por eso es tan común encontrarse en las universidades o en los bares o en las lecturas públicas a todo tipo de estetas, de estilistas, de pajeros de todos los colores. Gente ridícula. Gente muy ridícula[7]. Yo, por mi parte, recuerdo haber discutido de estos temas con algunos colegas del master, e incluso llegué a molestarme con más de uno. Afortunadamente, mis amigos franceses siempre fueron muy educados conmigo y todos me trataron muy bien, a pesar de mi falta casi absoluta de tacto[8]. Con el tiempo, llegué incluso a desarrollar una teoría estúpida. Mi teoría estúpida era que, para saber si un escritor francés escribía bien o no, sólo hacía falta saber cómo se vestía. Pongamos el caso de Houellebecq, por ejemplo. Houellebecq es un sujeto de verdad espantoso, que además se viste de manera espantosa, pero su literatura es oscura y divertida. Yo tengo un problema con Houellebecq, que es más o menos el mismo problema que tengo con toda la literatura de ciencia ficción. Pero en los detalles, Houellebecq es de verdad muy divertido[9]. Pero no me hagan caso a mí. Hagan ustedes la prueba. Váyanse a una lectura pública y se darán cuenta de que, generalmente, los mejores escritores suelen vestirse de manera horrible. Esto suena ridículo, pero es más o menos cierto. Lo que me lleva a pensar que:

 

1) O bien, para ser un buen escritor, lo primero que usted tiene que hacer es vestirse mal.

2) O bien, para ser un buen escritor usted tiene, usted necesita tener de verdad muy mal gusto.

3) O bien, si usted pasa mucho tiempo pensando en cómo vestirse, perderá un tiempo valioso que pudo haber invertido trabajando en sus textos, y eventualmente terminará escribiendo mal.

4) O bien, usted que es un buen escritor, y que además tiene dinero, usted es demasiado orgulloso como para vestirse bien.

5) O bien, usted es un acomplejado.

6) O bien, los buenos escritores de hoy en día se ponen de acuerdo, secretamente, para vestirse mal.

 

Dicho esto, me gustaría dejar un par de cosas en claro. La primera es que yo siento un gran amor por Francia y por los franceses, y si a veces hablo mal de Francia y de los franceses es sólo porque soy un escritor resentido. La segunda es que a mí no sólo me gustaría ser un buen escritor, un escritor cojonudo, digamos, sino también un escritor bien vestido. Pero soy demasiado pobre, y demasiado gordo, y además no tengo tiempo. De verdad, no tengo tiempo. Y también me gustaría tener una buena foto de autor. O al menos una puta buena foto para el Facebook. Aunque sólo sea una. Una solita. Una foto pequeña, tipo carnet, no me importa, pero tener una buena foto para el Facebook. Una vez lo intenté. Llamé a un amigo que tenía una súper cámara e hicimos una sesión de fotos en un bar. Pero mi amigo se enamoró fotográficamente de otro amigo, y en las pocas fotos en las que aparecí yo salía o demasiado gordo, o demasiado borracho, o demasiado las dos cosas, y al final me di por vencido.

[1] Aunque también había un chileno, una búlgara y una bielorrusa.

[2] Recordemos que solamente en los Estados Unidos existen más de 500 cursos en creative wrinting, entre licencias, maestrías y doctorados. En el año 1936, la Universidad de Iowa fue la primera en abrir un programa de creación literaria.

[3] Joven.

[4] Ya sé que generalizo demasiado, pero sin generalizaciones no hay chiste.

[5] Esto es falso, completamente falso, y ustedes queridos colegas cuentistas —o debería decir, escritores, ustedes queridos colegas escritores — lo saben.

[6] Claro que esto sucede más o menos en todas partes del mundo. Pero créanme, Francia es un caso especial.

[7] Mi experiencia de las lecturas públicas y de los performances en Francia es más bien detestable. Una vez tuve un amigo escritor que solía invitarme a todo tipo de eventos culturales. Lecturas que organizaban algunos bares de la ciudad y en donde no sólo participaban escritores sino también periodistas y artistas de toda clase. Toda una miríada de escritores profesionales, muy pero muy profesionales, que casi me matan de aburrimiento. Después de todo, París es una ciudad atestada de escritores profesionales, y un escritor profesional siempre podrá matarte de aburrimiento. Por eso y por otras razones yo comencé a emborracharme en aquellos eventos. Generalmente me compraba una petaca de tequila o de ron martiniqueño que luego pasaba a escondidas en los bolsillos del pantalón, y aquello era hermoso. Aquello era sucio y disparatado, pero también era hermoso. Así hasta el día en que me dio por vomitar a la salida del Point Ephemère, después de una borrachera espantosa, y mi amigo dejó de invitarme, y yo pensé, juro que lo pensé, que mi amigo tenía sus razones y que lo mejor era que cada quien siguiera su camino. Pero París es una ciudad muy difícil. Sobre todo si uno es pobre y pasa la mayor parte del tiempo intentando mantenerse a flote con empleos duros y mal pagados. Sobre todo si, además de los empleos duros y mal pagados, uno sigue conservando mal que bien el sueño de llegar a ser algún día un escritor cojonudo. De manera que, pasado algún tiempo, le escribí un par de mensajitos de texto en donde le preguntaba por su vida, por sus cosas. Mi amigo no me respondió enseguida, pero me respondió. Me contó que tenía una novia. Me contó que había logrado publicar un par de artículos en una revista digital. Me contó que estaba por firmar un contrato con una editorial importante. Me contó que había comenzado a participar en algunas lecturas públicas, primero en la universidad, y luego en algunos bares pequeños de la ciudad. Me contó que el Estado acababa de otorgarle una manutención mensual de casi seiscientos euros mensuales. Me contó que con ese dinero había tomado la decisión de mudarse a un estudio por los lados de Beaubourg en donde se sentía muy contento. Yo le respondí casi de inmediato. Le escribí un correo muy largo y muy bonito y luego bajé al supermercado y me compré una botella de dos litros de ron martiniqueño y me encerré en mi chambre hasta nuevo aviso.

[8] La mayoría de los franceses son personas muy educadas, y eso los hace especiales. Aunque también es cierto que hay gente muy educada más o menos en todas partes del mundo, de manera que eso no los hace verdaderamente especiales. Lo que los hace verdaderamente especiales es, como ya dije, el buen gusto que tienen para casi todas las cosas, y el esnobismo.

[9] Claro que también tengo una teoría estúpida acerca de la literatura de Houellebecq. Mi teoría es que la literatura de Houellebecq tiene una cierta dosis de honestidad que la convierte en una literatura viva. Más o menos de la misma manera en como yo me figuro la literatura de Guy de Maupassant, quien era, dicho sea de paso, no sólo un hombre con muy mal gusto sino también un verdadero salvaje. Me explico. Tomemos como contra ejemplo a Régis Jauffret, quien es algo así como el escritor malditista francés tipo – cabe decir que en Francia siempre ha existido una manera elegante y deshonesta de ser un maldito. A mi, la verdad, me tomó casi tres años terminar Microficciones. Después de algunas semanas de lectura fallida terminé colocando el libro al lado de la cama, y en las noches leía una, dos, y si me sentía con fuerzas hasta tres microficciones. A veces pasaba muchos meses sin tocar el libro. A veces tenía problemas de sueño y lo usaba para ayudarme a dormir. Y a cada lectura, a cada intento de lectura la impresión era siempre la misma. La impresión de encontrar mucho de ingenio, mucho de sarcasmo, mucho de oficio, y un nivel cero de honestidad y de vida.

 

 

 

 

Autor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nació en Caracas, Venezuela (1982). Licenciado en Literatura Francesa

en la Université Paris 8, también participó en la primera promoción

de la maestría en Escritura Creativa por la misma universidad.

Es cuentista y traductor, y sus trabajos han sido publicados en diversos

medios impresos y digitales. Actualmente vive y escribe en Buenos Aires.

 

 

 

 

 

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