Un estudiante de Letras no es una golondrina de Diego Martínez

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Wilde, MDM⚒ http://maximodamianmartelo.tumblr.com/

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A Damián Martelo

 

 

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CUENTAN QUE CUANDO LE CORBUSIER VISITÓ MONTEVIDEO, en el año 1929, un grupo de arquitectos locales lo llevaron a contemplar los edificios más emblemáticos de la ciudad, entre los cuales se encontraba el Palacio Salvo.

cuentan que el señor Charles Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier, se colocó en un punto de la Plaza Independencia, frente al Salvo.

y luego en otro punto.

y luego en otro.

hasta que finalmente dijo:

aquí está bien.

¿para qué? —preguntaron los señores arquitectos—. ¿para admirar mejor el Salvo?

no —dijo Le Corbusier.

y luego añadió:

para disparar el cañonazo.

(risas)

bueno.

la primera vez que lo escuché, a mí, la verdad, aquel comentario me pareció muy injusto.

sobre todo viniendo de un sujeto grosero como Le Corbusier, “despreciable criatura amante del hormigón armado”.

y también.

“arquitecto de los edificios más feos e inaceptables del mundo”(Salvador Dalí[1]).

recuerdo haber pensado en una novela de Houellebecq.

o más precisamente, en uno de los personajes de la novela.

¿se acuerdan de El mapa y el territorio, aquella novela con la que Michel Houellebecq ganó el Prix Goncourt?

¿se acuerdan del padre de Jed Martin, el protagonista?

si no se acuerdan, no importa.

lo que me interesa va más o menos como sigue.

Jed Martin es un artista famoso, ¿no?

un día su padre, que vive en un ancianato y piensa con regularidad en el suicidio, le cuenta que de joven él también había querido ser artista.

un artista como tú, hijo, le dice.

un artista como Jed.

de niño, el viejo solía construir casitas hermosas y extravagantes en el patio de su casa.

casitas para las golondrinas que pasaban por la zona en sus migraciones invernales.

pero las golondrinas nunca ocuparon las casitas, porque las golondrinas no son boludas.

las golondrinas seguían de largo hacia África o América del sur.

sin embargo, el chico no se desanimó.

al contrario.

se graduó de arquitecto y tiempo después intentó oponerse, junto con otros camaradas arquitectos y artistas, al funcionalismo de Le Corbusier y sus discípulos.

al final, claro, el funcionalismo se los comió a todos, y el viejo terminó haciendo hoteles en la costa azul de Francia.

y fundó una compañía con la que hizo mucho dinero.

y tuvo una vejez solitaria y triste.

hasta que un buen día decide practicarse la eutanasia.

es decir, que decide suicidarse con la asistencia de una compañía suiza.

y consumado el proceso Jed Martin encuentra, entre los papeles del viejo, algunos bocetos de casas y complejos extravagantes que nunca se llevaron a cabo, y piensa que su padre nunca dejó de hacer casitas para golondrinas.

coño, qué triste –recuerdo que pensé.

y luego también pensé:

¿qué pasaría si un día ya no quedara nadie, absolutamente nadie, dispuesto a construir casitas para las golondrinas?

¿qué pasaría con las pobres golondrinas?

claro que.

claro que estos eran los súper pensamientos de un estudiantes de Letras.

de un chico que había cambiado una vida llena de comodidades en Venezuela por una licenciatura en Letras, y que ahora vivía en un departamento minúsculo en el piso siete del Salvo.

es decir, un boludo.

porque vivir en el Salvo puede llegar a ser algo así como vivir dentro del sueño de un boludo.

un sueño por momentos difícil, se los aseguro.

un sueño que yo mismo alimenté, con todos mis súper pensamientos de boludo.

y muchos años después, cuando ya no crees en el sueño, cuando ya no crees en nada, de pronto te ves viviendo en el interior de un edificio roto.

por boludo.

con sus escaleras de mármol y sus vitrales y toda esa vaina.

y sus pozos de luz, como interiores de conventillo.

y un boliche a puertas cerradas en el que puedes consumir merca las veinticuatro horas del día.

y una deuda monstruosa con la Intendencia, de la que nadie sabe casi nada, pero que todos pagamos mensualmente, con una cuota extra que es una desgracia.

y también está el fantasma. el fantasma del piso siete.

y las cucarachas, por Dios.

yo nunca en mi vida he visto cucarachas tan espantosas como las que hay en el Salvo.

se meten por los ductos de ventilación y se pasean por el departamento.

la primera vez que vi una pensé que se trataba de un escarabajo.

uno de esos escarabajos enormes, con tenazas enormes, que aparecen en los documentales.

me dije:

mierda, un escarabajo.

pero resultó ser una cucaracha.

¿cuál es, me pregunto, la podredumbre que se esconde en los sótanos o en los ductos de ventilación del Salvo?

¿alguien puede explicarme esa vaina?

y los ladrones.

hace tres días le reventaron la puerta al vecino, presumiblemente de una patada, y le robaron todo.

y a una señora del piso de arriba, lo mismo.

y lo peor del asunto es que creo saber quién es.

estoy casi seguro.

se trata del chulo de una prostituta que vive en el piso de abajo.

¿que cómo lo sé?

muy sencillo.

pues porque el tipo siempre te mira directamente a los ojos.

—y también porque lo he visto dando vueltas por los pasillos muy de noche.

a veces da un poco de miedo llegar al edificio muy de noche.

a veces uno llega y resulta que se quemaron los bombillos del pasillo.

esos pasillos largos del Salvo, sin ventanas, sin entradas de luz.

coño.

si en un pasillo, largo como el corredor de un hospital, no hay iluminación, entonces es porque hay fantasmas.

o delincuentes.

o escarabajos.

o sabe Dios qué cosa.

y luego está el departamento, el mío, que antes había sido una oficina y ahora es esa cosa rara en la que vivo.

en verano, el calor y los mosquitos son una pesadilla.

en invierno, si no cuentas con una calefacción adecuada, estás jodido.

el frío te paraliza.

te pone a dormir trece y catorce horas por día.

(una vez dormí veintidós horas de corrido y me pegué un cagazo).

y las filtraciones del departamento. las filtraciones en el techo de mi habitación.

y el baño.

coño, no voy a hablar de ese baño

pero sí del fregadero, que está metido en la habitación, porque no tuve dinero para mandar a hacer una cocina.

lo que tengo, en el living, es una cocinita a gas que me regaló mi madre la última vez que vino de visita.

tampoco tengo despensas ni tabla para picar.

tengo un cuchillo de mierda que me compré recién llegué, y con el que me manejo con cautela, porque mi cuchillo es un tesoro.

cuando vienen mis amigos a comer a casa, siempre miran la mugre.

a mí me provoca decirles.

sí, sí, soy yo, el loco del Salvo, y váyanse a la putísima madre que los remil parió.

pero no se los digo, porque los quiero mucho.

a mi amigo Max, por ejemplo, lo quiero mucho.

vos sos un tipo valiente —me dijo un día.

vos luchás por tu sueños.

yo lo miré a los ojos y no dije nada, absolutamente nada.

pero eso no es todo.

la gente en el edificio me odia.

los porteros.

la administradora.

el viejo de la inmobiliaria.

todos.

me tratan como a un boludo.

en la recepción me pierden el correo o se lo dan a otras personas.

me están haciendo bullying —le digo a Max.

me están jodiendo.

pero Max piensa que soy un paranoico.

boludo —le digo—, si hace apenas dos semanas que llegué a casa y no tenía luz.

y luego le cuento:

se me pudrió toda la comida, boludo.

y me tocó llamar a UTE, y UTE me mandó a un técnico, y luego me llamaron para decirme que todo estaba bien.

¿pero cómo que todo está bien, si no hay luz? – le digo por teléfono a la chica que me atendió.

no sé, señor. lo mejor es que verifique su sistema eléctrico.

¿mi sistema qué?

eléctrico.

ah, ahora sí entiendo —le digo y le tiro el teléfono.

entonces reviso mi sistema eléctrico.

reviso los brackets y el contador en el pasillo, pero no encuentro nada, absolutamente nada.

¿qué mierda sé yo de sistemas eléctricos?

de manera que llamo a Jaime, el chico de mantenimiento, y le pido que revise el sistema eléctrico.

Jaime se pone a tocar los cables del contador en el pasillo y yo me vuelvo al departamento.

al rato, Jaime me toca la puerta y me dice:

encontré el problema

¿y cuál es el problema?

han estado robándole la luz.

¿que qué?

que han estado robándole la luz. sacaron el cable del contador y colocaron otro.

¿pero cómo es posible?

sí, es posible.

¿y quién hizo eso?

no lo sé.

¿pero cómo que no lo sabe? ¿que acaso no sacó usted mismo el cable?

sí, pero ya no lo encuentro.

¿que no lo encuentra?

no, no lo encuentro —me dice y se encoge de hombros.

entonces yo voy y busco la billetera y le pregunto cuánto le debo.

mil quinientos pesos —me dice.

¿mil quinientos qué?

pesos. mil quinientos pesos

increíble, ¿no?

con mil quinientos pesos pago dos recibos de luz.

total, que le doy el dinero y luego pienso.

francamente pienso que quien sacó el cable del contador fue Jaime, ¿no?

todo un negocio, ¿no?

¿y qué me dices del tipo de la inmobiliaria y de su amigo el abogado? —le digo.

un día me agarra del brazo el de la inmobiliaria, y me dice.

tengo un negocio par vos.

y yo, que soy pobre como una rata, le digo:

lo escucho, lo escucho.

y el tipo:

tengo un amigo abogado que necesita pasar un caño por tu departamento, y está dispuesto a pagarte dos mil dólares.

y yo:

¡dos mil dólares!

y el tipo:

pero tendrá que romper el piso, y vos sabés lo que significa ese piso.

y yo, por dentro:

me chupa un huevo ese piso.

y el tipo:

firmá aquí.

y yo:

firmo.

entonces el abogado viene y me hace mierda el piso de madera, el piso original del edificio, y las paredes del living, y luego se larga, y yo paso más de dos meses con las paredes rotas y con un agujero en el piso, hasta que me molesto y lo amenazo con denunciarlo, y el tipo me recuerda que yo firmé un papel en donde lo exoneraba de toda vaina.

pero usted me prometió que me dejaría el apartamento tal cual como lo consiguió —le digo casi a los gritos.

por lo menos el maldito piso —le digo casi a los gritos.

y el tipo me dice está bien, está bien, y a la semana siguiente me manda un carpintero.

el carpintero vuelve a serrucharme el piso, y cuando ya lo ha terminado de hacer mierda me llama y me dice:

sienta el olor.

y yo:

¿qué?

y el tipo:

el olor.

entonces me acerco y siento un olor a madera muy fuerte, muy hermoso.

un olor que increíblemente parece haber atravesado intacto todo el puto siglo.

es la pinotea —vuelve a decirme.

coño —fue lo primero que pensé—, este edificio está maldito.

(Max se ríe)

bueno, dieguito —me dice—, tampoco es para tanto.

¿que no es para tanto? —le digo.

claro que para Max nada es para tanto, porque Max vive en Pocitos.

sí, señores, en el barrio cheto de Pocitos.

mientras yo estoy aquí, cagándome de frío.

pero lo que quiero decir.

lo que en verdad quiero decir, es que quizá.

y sólo quizá.

Le Corbusier tuviera un poquito de razón.

no digo que Palacio Salvo no sea, también, un edificio hermoso.

pero además de ser hermoso, Palacio Salvo es un edificio estúpido.

lo que sucede es que yo pasé mucho tiempo pensando lo que se suponía que debía pensar, y leyendo lo que se suponía que debía leer, y escribiendo lo que se suponía que debía escribir, hasta convertirme en una persona profundamente deshonesta y estúpida.

como la inmensa mayoría de los estudiantes de Letras, que son chiquitos profundamente deshonestos y estúpidos.

hoy miro hacia atrás y pienso:

bueno, por lo menos soy un tipo más honesto —aunque siga siendo profundamente estúpido.

¿Señor, por qué me has hecho tan estúpido?

¿por qué no hiciste de mí un abogado, un comerciante?

hubo una época en la que pude ser comerciante.

mi padre tenía negocios en Venezuela y pretendía dejármelos a mí.

pero yo me peleé con mi padre.

le dije que yo no quería ser comerciante y luego me largué a Montevideo, y más precisamente al piso siete del Salvo.

y hoy más que nunca quisiera.

quisiera tanto largarme a Puerto Rico o a las Bahamas en un crucero all inclusive.

o instalarme en un resort en Punta Cana, como cuando era chico.

y llamar a mi padre y decirle que lo quiero.

que lo he pensado mejor y que quiero ser comerciante.

pero mi padre está en Venezuela y ya no tiene negocios.

los vendió después de que me fuera del país.

y yo estoy aquí, en el Salvo, y tengo frío.

mucho frío.

y muy probablemente también esté atravesando por una crisis maníaca.

o por una crisis depresiva.

ya no lo sé.

no lo distingo.

pero como dije, éste es mi sueño.

yo me hago cargo.

sólo quisiera soltar algunas pestes en contra de la administración.

y en contra del personal de limpieza.

y en contra del personal de mantenimiento.

y en contra del personal de seguridad.

y en contra, sobre todo, en contra de todos los entusiastas que siguen alimentando el mito del Salvo.

entusiastas de todo tipo que abandonan sus departamentos en Pocitos.

sus departamentos con loza radiante.

en POCITOS.

y vienen lo días del patrimonio a visitar el Salvo.

sin ir más lejos, la semana pasada vinieron y se instalaron en fila india frente al edificio.

lo sé porque el día anterior me había ido de fiesta con Max y con Marcela, y cuando llegamos al edificio, como a eso de las diez de la mañana.

(risas)

cuando llegamos al edificio, les decía, nos encontramos con una cola de gente que le daba la vuelta a la manzana.

de pronto una vieja, una vieja de la administración, nos detuvo en la entrada y tuve que explicarle que yo vivía allí.

de verdad, señora —le dije—, vivo aquí.

en la recepción había unas cuarenta, cincuenta personas.

todas escuchando al guía que les hablaba del arquitecto Palanti, un fascista y un loco, y de la época en la que Palacio Salvo fue el edificio más alto de Sudamérica.

en eso uno de los porteros se acercó a la señora y le susurró algo al oído.

la vieja se volteó y volvió a examinarme.

y a mí, acaso porque estaba muy borracho, a mí eso me pareció tan gracioso que le dije, no sé por qué coño le dije:

somos artistas, señora.

somos gente de la noche —dijo Max.

vos no sos ningún artista —me dijo la señora—, vos sos un degenerado.

eso también, señora —le dije.

y luego también le dije:

degenerated man.

entonces Marcela se echó a reír y me dio un golpecito en el hombro.

¿qué decís? —me preguntó.

degenerated man —le repetí.

pero eso no existe, tarado.

y a mí qué me importa —le contesté.

son unos degenerados —volvió a decir la vieja.

mirá, llegó el ascensor —dijo Max.

las puertas del ascensor se abrieron y entramos los tres, riéndonos, mientras los visitantes que se agolpaba en la recepción nos miraban y nos miraban y comentaban cosas entre sí.

y luego se cerraron las puertas del ascensor.

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[1] “Un día, cuando tenía veintiún años, fui a comer a casa de mi amigo Roussy de Sales en compañía del arquitecto masoquista y protestante Le Corbusier, que, como todo el mundo sabe, es el inventor de la arquitectura de autopunición. Le Corbusier me preguntó si tenía ideas sobre el futuro de la arquitectura. Y sí, las tenía. Por otra parte, yo tengo ideas para todo. Le contesté que la arquitectura sería blanda y peluda y afirmé categóricamente que el último gran genio de la arquitectura se llamaba Gaudí, cuyo nombre, en catalán, significa gozar, así como Dalí quiere decir desear. Le expliqué que el goce y el deseo son propios del catolicismo y del gótico mediterráneo, reinventados y llevados al paroxismo por Gaudí. Mientras me escuchaba, Le Corbusier parecía tragar sapos y culebras”. Los cornudos del viejo arte moderno, Salvador Dalí.

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Autor

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Nació en Caracas, Venezuela (1982). Licenciado en Literatura Francesa

en la Université Paris 8, también participó en la primera promoción

de la maestría en Escritura Creativa por la misma universidad.

Es cuentista, traductor y co-editor de la revista Pain au chocolat (Vozed).

Sus trabajos han sido publicados en diversos medios impresos y digitales.

Actualmente vive y escribe en Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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