Un ser despreciable [llamen a los bomberos] de Diego Martínez

casa

CASA, Rojolicht http://rojolicht.wix.com/rojolicht

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EL CORNETAZO ME AGARRÓ SENTADO en uno de los taburetes de la cocina contemplando estúpidamente la película de nata que se había formado en mi taza de café con leche. La tercera taza de café con leche. Gerardo había llegado con una hora de retraso y yo estaba a punto de volver a la cama con una dosis absurda de cafeína en mi sistema nervioso. Cuando salí a la calle encontré a mi primo de pie, apoyado a la vieja lata de su Chevrolet Caprice. Llevaba puestos unos lentes de sol que le daban a su sonrisa un cierto aire de complicidad o de socarronería o de las dos cosas. Nos abrazamos. Luego subimos al auto y nos encaminamos hacia la autopista.
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Gerardo conocía de memoria el trayecto hasta la parcela. De hecho, era la tercera o la cuarta vez que se acercaba al terreno, una hectárea y media de tierra en las inmediaciones de Higuerote. Terrenos residenciales. El abuelo había adquirido la parcela como negocio a principios de los ochenta. Algunas compañías constructoras habían proyectado un balneario gigantesco y la gente se apresuró a comprar las tierras circundantes. Luego el país se fue a la mierda y las obras se paralizaron. Cuando el abuelo falleció tanto mi primo como yo heredamos las tierras. Pero había un problema: el terreno había sido invadido desde hacía algún tiempo por un grupo que se hacía llamar el Frente Campesino Bananero. Cuando mi primo me telefoneó para ponerme al tanto del asunto pensé que se trataba de un chiste. En verdad, se trataba de algo mucho peor. En el descampado diez o doce sujetos bebiendo ron a la sombra de unas tiendas improvisadas con lonas industriales, y una gorda que apenas nos vio llegar se encaramó en un pipote y comenzó a arengar con un altoparlante en la mano. Yo preferí quedarme en el auto mientras observaba cómo mi primo intentaba acercarse a la gorda. Hablaron un rato. Algunos sujetos rodearon a la gorda. De pronto la mujer comenzó a levantar la voz y a intercambiar consignas ayudada con el altoparlante. Mi primo también se puso a pegar gritos. Luego la gorda se solidificó y Gerardo dio media vuelta y se montó en el auto. Básicamente, la tipa se había aferrado al mismo discurso que le soltara a mi primo la primera vez que se vieron, eso de que ellos habían limpiado y sembrado el terreno y que, si teníamos alguna queja, que fuéramos y nos entendiéramos con los organismos competentes. Los invasores se apoyaban o decían que se apoyaban en la nueva Ley de Tierras, y la nueva Ley de Tierras estipulaba que todos los terrenos cultivables y en estado de ocio podían ser expropiados. Y para ellos, para los integrantes del Frente Campesino Bananero, esas también eran tierras ociosas, por muy pequeñas o muy residenciales que fueran. Pero alrededor sólo se veían algunos injertos con matas de cambur o de plátano. Según mi primo, después de la última entrevista la gorda parecía asustada, aunque era evidente que estaban asesorados por algún personero del gobierno local. Lo cierto es que, al menos esta vez, estaban dispuestos a dar la pelea.

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Mi primo encendió el motor y nos alejamos lentamente del sitio. Ya en la carretera telefoneó a uno de los vecinos de la zona. Nos estaban esperando. Dimos la vuelta y enfilamos hacia el lindero de un terreno vecino a través de una red de calles excavadas y sin asfaltar. Eso era todo lo que había quedado del supuesto balneario: una red de calles excavadas y sin asfaltar donde se alinearían residencias y hoteles y restaurantes. A un lado, cerca de la línea del mar, alcanzamos a ver una última fila de matorrales y una quinta de tres pisos a pocos metros de la playa. La casa estaba rodeada de un amplio jardín y una piscina. A un costado del jardín se alzaba una torreta de acero que parecía sostener en la punta los restos de una vieja antena parabólica. La construcción había sido levantada ilegalmente y estaba ubicada, según mi primo, dentro de los límites de nuestro terreno. Pero ahora también la casa había sido invadida por el Frente Campesino Bananero, es decir, por tres gordas en bikini —entre ellas la bruja del altoparlante— y una docena de machos sin camisa que pasaban las tardes echados en las tumbonas de la piscina, bebiendo ron.
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El sujeto nos estaba esperando en el porche de su casa. En una mano tenía un papel firmado y sellado por no sé qué general en donde se aseguraba, entre otras cosas, que las tierras de ese sector no eran cultivables sino residenciales. Según me explicaron, los vecinos ya habían puesto la queja en la gobernación, en los tribunales, en el ministerio, pero no había caso. Algunos de esos mismos vecinos fueron sumándose a la conversación. Llegaban con más documentos y carpetas con fotografías y órdenes de desalojo. Uno de los sujetos nos obsequió un trapo de cocina con un mapa estampado donde se podían ver los diferentes puntos de interés turístico de Higuerote. Pero Higuerote era un lugar ridículo, con o sin balneario. En Higuerote desembocaban las aguas negras de la capital. Eso pensé y me guardé el trapo en uno de los bolsillos del pantalón. Estuvimos un par de horas discutiendo detalles. Luego intercambiamos teléfonos y nos largamos.

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La semana siguiente recibí quince o veinte mensajes de texto de algunos de los vecinos. La mayoría eran mensajes de apoyo, exhortaciones a no abandonar la lucha, esas cosas. Fue así como de la noche a la mañana pasé a formar parte del numeroso ejército de propietarios histéricos de la República Bolivariana de Venezuela. Pero hasta ese momento, yo había conseguido mantenerme al margen de la guerra política y social que se venía desarrollando en el país desde hacía más de una década. Además, tenía meses ensayando con la orquesta a un ritmo frenético y no tenía ni el tiempo ni la energía para hacer otra cosa que no fuera cumplir con los cronogramas de conciertos. Se aproximaba una larga gira por Europa y en la orquesta sabíamos muy bien la amenaza que significaba la nueva camada de músicos, muchachos más jóvenes y quizá más talentosos que muchos de nosotros, todos dispuestos a serrucharnos la plaza a las primeras de cambio. Claro que a mi primo eso parecía tenerlo sin cuidado. Insistía en telefonearme todas las noches para tenerme al tanto de las novedades. Para él, era una cuestión absolutamente personal. Generalmente terminaba las conversaciones hablando de la familia o de su vida. Me hablaba de su padre, un médico andino más o menos reputado que se había volado los sesos con un rifle oxidado en el silencio neblinoso de su hacienda en San Antonio del Táchira. Con la parte de su herencia mi primo se había marchado a París. En París había publicado una serie de cuentos infantiles que se vendieron bien en su momento. Pero la soledad y el alcoholismo estuvieron a punto de sepultarlo. Entonces regresó a Venezuela, a un país devastado por las guerras políticas y la delincuencia. Comenzó a frecuentar grupos de alcohólicos anónimos. Se aficionó a las armas de fuego. Rescató de uno de los galpones de la hacienda el viejo Caprice sedán clásico del año ochentaitrés de su padre, y con él se ayudaba los fines de semana haciendo de taxista. De vez en cuando publicaba algún cuentito para niños en pequeñas editoriales. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía algún giro que le llegaba de Europa. Y ahora se había encarnizado con el asunto de las tierras, unas tierras que —él lo sabía muy bien— no valían nada o casi nada. Pero para él era un asunto personal. Por eso y por otras muchas cosas, negarme a acompañarlo en su lucha por la parcela habría sido como violar un pacto de sangre del que apenas si conocía los detalles.

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El domingo siguiente la orquesta partió de gira por el interior del país. Una gira programada para durar ocho días pero que terminó extendiéndose más de quince. Ya de regreso, casi tres semanas después de mi primera visita, mi primo y yo lográbamos bajar de nuevo al pueblo. Llegamos al terreno pasado el mediodía. Un grupo de vecinos nos estaba esperando en la entrada de la parcela. Detuvimos el auto, saludamos a los que pudimos y nos dirigimos hacia las tiendas de campaña con una carpeta llena de documentos que mi primo pretendía hacerle llegar a la gorda del altoparlante. Los tiestos con cambures y plátanos se extendían, más dispersos, en un amplio sector que había sido limpiado recientemente con candela. Habían colocado pancartas en los árboles y en la casa con piscina. Pero ni rastro de la gorda. Nos tocó acercarnos a un grupo de siete u ocho personas que se encontraban descansando a la sombra de una de las tiendas. Algunos tenían camisetas de la gobernación. A falta de la gorda, terminamos discutiendo con uno de los sujetos que parecía estar al frente de la situación. Básicamente, el problema era el siguiente: mientras que el Instituto Nacional de Tierras en la capital reconocía que las tierras eran residenciales y no cultivables, el mismo organismo encargado a nivel local aseguraba todo lo contrario. El tipo se mostraba altivo y repetía incansablemente las dos o tres frases que la gorda del altoparlante o algún funcionario bandido le habían suministrado previamente. Algunos propietarios perdieron los estribos y hubo que calmar los ánimos para que no se llegara a las manos. Sin la gorda o con la gorda, el asunto descansaba en un punto muerto. Los propietarios comenzaron a amenazar con cortar el suministro de agua del tanque comunal. Gerardo estaba visiblemente alterado pero no dijo nada. Luego de despedirnos de algunos de los vecinos nos retiramos en silencio. Durante todo ese lapso de tiempo mi primo había estado recopilando información, entrevistándose con los vecinos, almacenando documentos; había tirado días enteros en las oficinas de los ministerios, entre abogados y burócratas y militarcillos vagabundos, y todo para nada. Nos montamos en el auto y nos largamos a una playa no muy lejos del sitio. Mi primo desenfundó la Beretta y nos pusimos a practicar el tiro al blanco con algunos desperdicios que conseguimos en el camino. Gerardo derribó tres latas de cerveza y reventó una botella vacía de ponche crema. Yo intenté disparar sólo una vez y la bala se perdió en el vacío metafísico de Higuerote. Luego nos colocamos los bañadores. Antes de meternos al mar nos pusimos a fumar pipa debajo de un uvero. Hay días en que extrañar es sólo querer morirse tranquilo, eso fue lo que dijo Gerardo mientras se quitaba la camiseta y envolvía con ella la pistola para luego guardarla en la guantera del auto. La playa era oscura y ventosa, llena de raíces rotas y de basura. Algunos niños en ropa interior saltaban las olas y se perseguían a lo lejos. Yo me puse a pensar en algunos amigos con los que había hablado en las últimas semanas y a los que les había contado la historia del Frente Campesino Bananero. La mayoría solía desternillarse de la risa. Algunos tenían años fuera del país y les costaba creer que las cosas pudieran terminar así, en una rochela semejante. Después de reírse un buen rato, me miraban como embrollados, como si tuvieran ganas de llorar y no supieran cómo. Al menos eso es lo que sentía cuando los veía en la pantalla del ordenador en medio de una videollamada con interferencias: ellos oscuros, o flacos, o cansados, o exaltados, o perdidos, o silenciosos, mis queridos amigos.

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Esa tarde subimos a la ciudad un poco antes de que cayera la noche. Mi primo volvió a sus anécdotas de París y a las historias de su padre. El viejo había sido un gocho atravesado, sin lugar a dudas. Un eslabón más en una larga cadena de andinos hacendados y atravesados. Pero, a diferencia de su padre y del padre de su padre, mi tío había estudiado medicina en la Universidad de los Andes, aunque al final de su vida abandonó el ejercicio y se encerró en su hacienda y se dedicó a tragar aguardiente y a injuriar al gobierno y al alcalde y al bodeguero del pueblo, injurias que escupía siempre desde una dulce impavidez que mi primo, decía, sólo había visto en algunos colombianos, antioqueños o bogotanos de esos que solía frecuentar cuando todavía vivía en París. Sujetos de apellidos importantes, también hacendados o hijos de hacendados, que habían terminado por olvidar su presunta hidalguía después de años de guerra y de inmundicia, o que la habían escondido por vergüenza o por hombría o por soberbia en algún resquicio de las tripas. Eso decía mi primo mientras yo lo escuchaba, como siempre, aterido de frío. La noche nos había cogido en un embotellamiento a las puertas de la ciudad. Hacía meses que el gobierno había decretado el apagón de una parte importante del alumbrado público debido a problemas recientes con el suministro de energía, y junto al alumbrado, también se habían apagado los cientos de avisos publicitarios que otrora se amontonaban a un costado de la autopista, en un despliegue ejemplar de lo que siempre fue la enorme y desbocada grosería nacional. Pero esta vez, por alguna razón, eché en falta esos mismos avisos, como si todo ese juego insensato de luces formara parte de una estupidez muy mía, una estupidez íntima y entrañable. Mi primo tenía razón: habíamos nacido y habíamos crecido en un país estúpido, y ese país estúpido ya no existía, había desaparecido, y en su lugar habían levantado un circo espantoso, un mercado de buhoneros espantoso, un moridero, cualquier cosa menos un país. Y en medio de aquel desastre estábamos nosotros como buscándonos a tientas, como tratando de entender qué había pasado con el país estúpido.

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Durante las semanas que siguieron bajamos con regularidad a Higuerote. Compramos cables de púas y recogimos estacas en el pueblo e intentamos arreglar, lo mejor que pudimos, los linderos de la propiedad según los mapas que conservaba mi primo. Y todo mientras la gorda del Frente Campesino Bananero se paseaba en bikini de un lado a otro, exhibiendo los múltiples pliegues de su culo gigantesco. Nos ayudó un vecino, un viejo que no hacía otra cosa que hablar del balneario que levantarían en la zona cuando finalmente cayera el gobierno. Un balneario de lujo, como los enormes balnearios del estado de la Florida o los balnearios de la costa azul de Francia. ¿Pero qué balnearios?, pensaba yo. ¿Cómo era posible que habláramos de balnearios? Yo sencillamente no podía, no quería entenderlo. Primero: porque a mí no me gustaban ni los balnearios del jodido estado de la Florida, ni los balnearios de la costa azul de Francia. Segundo: porque a este país hacía mucho que se lo había llevado el diablo. Eso quise decirle al viejo pero no se lo dije. ¿Para qué? Lo único peor que un propietario histérico es un propietario histérico aislado durante años en un balneario fantasma. Además, hacía mucho que la situación se había salido de control y eso lo sabía mi primo y lo sabía el viejo, aunque se empeñaran ciegamente con lo del alambrado. Eso lo sabía el grueso de los vecinos, que habían comenzado a jugar sus últimas cartas a la desesperada. Habían logrado levantar un concejo comunal según los parámetros del gobierno. Un concejo comunal que más parecía el stand de ventas de un resort en la isla de Margarita. Los tipos se habían disfrazado de rojo, se habían puesto camisetas de la gobernación, de manera que en la zona funcionaban dos concejos comunales paralelos: el de los invasores y el de los vecinos. Los primeros protestaron para que se restableciera el suministro de agua. Los segundos exigieron que los invasores pagaran condominio. Algunos accedieron. En realidad, primero hubo una coñaza entre algunas de las mujeres de los propietarios y las tres gordas en bikini. Según Gerardo, los hombres las miraron hacer mientras éstas se desgreñaban, se tiraban de los pelos. Al final, la gobernación había enviado a dos policías que se habían instalado en una de las tiendas y que de vez en cuando también pasaban las tardes chapoteando en la piscina. Así hasta que una tarde, cansado del acoso sistemático por parte de mi primo, bajé a Higuerote como poseído por el espíritu vengador de todos los propietarios histéricos del país, y después de caer en la misma discusión de siempre, me fui hasta donde estaban los injertos con matas de cambur y de plátano y me puse a patear los tiestos que conseguí en el camino, y todo frente a la mirada triste de uno de los invasores que me observaba en chores y camiseta.

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Ese lamentable incidente marcó el final de mis viajes a Higuerote. Unas semanas después partía a Europa junto con la orquesta. En Viena nos cruzamos con un reputado profesor de violonchelo que había dictado una master class hacía unos meses en Caracas. Estuvimos largo rato intercambiando impresiones a la salida de un concierto. Monsieur Pinot me sugirió participar en la cátedra que impartía en el conservatorio de la ciudad de Karlsruhe y dos meses después estaba tomando el avión hacia Munich.
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Lo más difícil creo que fue decírselo a mi primo. Esa tarde nos citamos cerca del boulevard de Sabana Grande. En algún momento entramos en lo que parecía un pasaje. Lo recuerdo perfectamente. Afuera una tienda mostraba viejos vestidos de novia, algunos para novias gordas y opulentas que intenté imaginar sin éxito. El pasaje era como todos los viejos pasajes: alguien los había iluminado hacía mucho tiempo. En el techo un cielo raso a punto de desplomarse, con láminas de yeso infladas de humedad, amarillentas, y algunos listones metálicos que colgaban como ganchos de carnicería. Lo único que permanecía abierto en todo el pasaje —y de esto nos dimos cuenta un tanto después— era un pequeño restaurante al final del pasillo. Nos acercamos. Aquello era algo así como el reverso de la Triana Tropical, una vieja discoteca que había tenido sus años de gloria en la década de los setenta u ochenta. En el lugar una barra de arepera llena de frutas a medio pudrirse y tres o cuatro moscas que revoloteaban encerradas en el aparador. En uno de los refrigeradores algunas fotos viejas, sucias, atravesadas por gruesos lagrimones de aceite. Pedimos dos cervezas. Al principio mi primo comentó el viaje con verdadero entusiasmo pero luego la conversación fue tornándose cada vez más sombría. Entonces Gerardo volvió a hablar de París, de cómo se levantó una mañana o un mediodía y sintió de pronto que tenía diez años peleando en el vacío, agitándose en una guerra que no le pertenecía. Se sentía extenuado, decía, ese momento en el que la realidad que te circunda te ignora tan olímpicamente que es imposible no pensar en volver, como si de pronto uno tuviese la íntima necesidad de morirse o de dormir una larga siesta sin tener que dar tantas explicaciones. Hay días en que extrañar es sólo querer morirse tranquilo, volvió a decirme mientras se palpaba fanfarronamente la Beretta debajo del paltó. Lo dijo como si nunca lo hubiese dicho o como si lo dijera por última vez. Pero yo no quería morirme ni tranquilo ni intranquilo. Yo sólo quería largarme lejos, lejos de toda esa mierda.
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 Autor

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Nació en Caracas, Venezuela. Licenciado en Literatura Francesa

en la Université Paris 8, también participó en la primera promoción

de la maestría en Escritura Creativa por la misma universidad.

Es cuentista, traductor y co-editor de la revista Pain au chocolat(Vozed).

Sus trabajos han sido publicados en diversos medios impresos y digitales.

Actualmente vive y escribe en Buenos Aires.

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